
Han pasado diez años desde aquel 16 de abril que cambió la historia de Ecuador. A las 18:58, la tierra se sacudió con una fuerza que no solo derrumbó edificios, sino también certezas. El terremoto de 7.8 dejó 673 vidas apagadas, miles de heridos y ciudades enteras marcadas para siempre, especialmente en Manabí y Esmeraldas.
Pero hay heridas que no aparecen en las cifras.
Con el paso del tiempo, el país aprendió a reconstruir paredes, pero no siempre a sanar lo invisible. En muchos hogares, el miedo se quedó a vivir. Hay quienes aún dudan al subir a un piso alto, quienes sienten que cualquier vibración es el inicio de otra tragedia. El suelo dejó de ser completamente seguro, y la rutina, que antes parecía inquebrantable, se volvió frágil.
La memoria del terremoto no está solo en los relatos, sino en los silencios. Está en los espacios vacíos donde antes hubo vida: terrenos baldíos en el corazón de Portoviejo que aún susurran historias interrumpidas. Está en los negocios que nunca volvieron a abrir, en los sueños que quedaron suspendidos entre escombros.
Y también está en una sensación colectiva difícil de nombrar: una alerta que nunca se apaga del todo.
Diez años después, la reconstrucción sigue siendo más que una tarea física. Es un proceso incompleto, atravesado por nuevas crisis, como la pandemia, que profundizó las desigualdades y frenó a quienes apenas comenzaban a levantarse.
Quizás una de las lecciones más duras es que el país aún no logra pasar del recuerdo a la prevención. Ecuador sigue reaccionando cuando la tierra tiembla, pero le cuesta prepararse antes de que lo haga. Y en esa deuda pendiente, el riesgo sigue latente.
El 16 de abril no es solo una fecha en el calendario. Es un recordatorio de lo vulnerables que somos, pero también de la resiliencia que habita en quienes, pese al miedo, decidieron quedarse, reconstruir y seguir.
Hoy, más que recordar la tragedia, el país tiene la oportunidad de honrar a quienes ya no están construyendo un futuro más seguro. Porque la memoria no debería ser solo un eco del dolor, sino también una guía para no repetirlo.
